17.10.07

Dinero

En vista de que disponía de muy poco dinero en efectivo, pensé que era necesario implementar medidas urgentes para acrecentar mis arcas personales. Hacía ya un tiempo que anhelaba comprar algo y supuse que costaría muy caro, por lo que ideé una serie de estrategias improvisadas y poco escrupulosas para, de ese modo, percibir un pequeño pero constante ingreso monetario que me permitiera hacerme de aquello que soñaba con tanta ilusión.

Hice de todo. Lavé coches, vendí trompetas y matracas en la entrada del estadio de fútbol, cuidé a los hijos de mis vecinos por las noches, aprendí a hacer malabares con antorchas encendidas en los cruceros, voceé el periódico local, apliqué vacunas antirrábicas a los perros callejeros, hice alaciados express a mis compañeras universitarias, vendí comidas corridas, aprendí a hacer cuadros de repujado para vender en el tianguis, tejí trenzas a las niñas de la escuela de mis hijos, ayudé a cargar costales de azúcar y harina en el mercado de abastos, despaché gasolina, di clases particulares de química, pinté casas a domicilio, conduje un microbús con todo y cumbias a todo volumen, improvisé recorridos turísticos por el centro histórico de mi ciudad, vendí fayuca de modo ambulante, fui celadora del reclusorio femenil, maté reses y cerdos en el rastro municipal, fui ayudante de carpintería, toqué el tambor en la banda de guerra del municipio, aprendí corte y confección e hice arreglos de costura, usé botargas como publicidad para marcas comerciales y fui corista de un grupo de rock.

Todas mis ganancias las ahorraba intactas en la alcancía que hace muchos años me obsequió mi madrina y que conservaba aún envuelta en papel periódico. Mi riqueza fue creciendo moneda tras moneda, hasta que llegó el momento en que no cupo ni una más. Era el momento de contar el monto total acumulado con tantas horas de esfuerzo. ¡Qué emoción!

Tardé toda la mañana en sumar las muchas monedas y los pocos billetes que había logrado juntar. Guardé con sigilo el dinero en una bolsita, me peiné y me fui a la calle. Caminé durante horas buscando el sitio correcto donde debía realizar mi tan ansiada compra pero mis ilusiones se fueron desvaneciendo con cada paso que daba. Parecía que no había en exhibición lo que buscaba. Nadie sabía darme razón de ello.

Cuando llegó la noche y todos los comercios empezaron a cerrar sus puertas, sentí un profundo pesar. Tanto había batallado en reunir el dinero que llevaba en las manos que me dolía no encontrar lo que buscaba. Con paso lento me regresé a casa. Agobiada, a oscuras y en silencio llegué hasta mi recámara. Abrí la ventana para contemplar el cielo y la luna que esa noche me saludaba. No lo entendía. Había buscado con detenimiento en cada tipo de establecimiento comercial al que había entrado, sin éxito.

Si en las farmacias, zapaterías, mercerías, supermercados, carnicerías, escuelas, papelerías, boutiques, estéticas, perfumerías, teatros, mueblerías, almacenes, restaurantes, cafeterías, fábricas, museos, bibliotecas, refaccionarias, panaderías y joyerías, no había nada, entonces ¿dónde se compran los abrazos?

7 comentarios:

Guillermo dijo...

Siempre es muy grato leerte, me alegra saludarte como siempre.

Silvia dijo...

Hola yuli!

Estoy en el trabajo harta de hacer comparativas (dichosos hoteles...) y me he enganchado tanto hasta el punto de que me acabé de leer todas las entradas jeje.

Sólamente quería felicitarte y mandarte saludos desde Mallorca, España.
Un abrazo,

Silvia

The only way to get rid of temptation is to yield to it

La mejor manera de evitar la tentación es caer en ella.

Oscar Wilde

Anónimo dijo...

Yulyluy:


....yo me apunto mandándote mil y un abrazooootes de oso apapachones. Esos no se venden, se regalan, son gratis y son riquísimos.

Ma. de Lourdes dijo...

Así es, dónde se pueden comprar los abrazos... (?)
Muy bueno.

Anónimo dijo...

Casualmente hoy caminé por la calle de Florida en Buenos Aires, una calle peatonal con exceso de comercio y con un montón de expresiones artísticas: bailarines, cantores, músicos, pintores, estatuas humanas, y al final de calle me llamó la atención un grupo como de diez jóvenes que portaban unos cartelones que decían: Se reciben abrazos gratis. La gente los veía y se seguía, sólo unos cuantos se detenían dubitativos y se animaban a darle un abrazo al primero que se les ocurría. Así que cuando quieras, Yuli, puedes venir a Buenos Aires y ahí en esa famosa calle te darán muchos abrazos sin que tengas que pagar por ellos. Felicidades. Ramón

elsa dijo...

Qué bien escribes, sin duda.
Yo te mando mushos abrazos y hasta un gran beso!

Luis Francisco dijo...

[06:00:35 p.m.] Yuli dice:ohh y porqué lloras?
[06:00:43 p.m.] Yuli dice:de emoción?
[06:00:44 p.m.] Yuli dice:jajajajaja
[06:00:46 p.m.] luis dice:si si
[06:00:54 p.m.] luis dice:me conmovio y yo soy rete chillon

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